
Autora Invitada: Érika
Mientras en tierra firme se aproximaba la extinción de los grandes reptiles, en las células de algunos organismos marinos, pequeñas partículas, entre ellas calcio, carbono y oxígeno, estaban siendo casadas y llevadas a vivir a un nuevo lugar llamado esqueleto. Las solteras, manipuladas por bacterias, se unían al nitrógeno, azufre o hidrógeno, hasta sentirse más estables y precipitar.
Con el tiempo la cantidad de parejas fue creciendo e instalándose en los lechos de algas para recibir a las nuevas generaciones que permitirían el crecimiento de la vivienda. Otras, más bien nómadas, viajaban suspendidas junto a las arcillas y coprolitos, todos unidos por el mucus del zooplancton. Algunas más, dependiendo de la dinámica del agua y la disponibilidad de luz, ayudaban a formar arrecifes de coral.
Llegó el momento en que la sobrepoblación provocó la caída de unos edificios sobre otros, convirtiéndoles en una organización horizontal, por la que de vez en cuando transitaban anélidos, bacterias y hongos dejando sus marcas. En las nuevas condiciones de presión muchas comenzaron a tener arrugas, mientras que otras mejor se disolvieron.
Un día, un movimiento extraño y poderoso las arrancó de su lecho bajo las aguas con tal fuerza que llegaron más allá de donde terminaba el mar. En este lugar de nuevos colores empezaron a vestirse de raíces, conservando las marcas de los seres que antes fueron y albergando temporalmente a algunos nuevos, quienes resbalaban en su paso o despedían olores no agradables al romperlas. Sentado en ellas alguien observando e interrumpiendo el silencio preguntó: ¿Ideas sobre la historia de esta roca?

